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    lunes, septiembre 10, 2007

    ¡Qué belleza de día!

    10 de septiembre en Ziruma.

    Me llama Medellín y sus frívolas obligaciones, con las que me da tanto trabajo cumplir. En cambio, debería quedarme en Ziruma que me acoge en sus brazos, con sus hermosos sonidos, con un sol de amanecer que va diluyendo la hermosa neblina que hace un rato me hizo tomarle una foto a los ahumados árboles de la manga grande.

    Una gallina con sus pollitos acaban de colarse al corredor y Gardel –el perro– conversa con otros perros en la distancia. ¡Compleja la comunicación que manejan en este instante!. Monalisa acaba de unírseles: estaban avisándoles de unos intrusos que acaban que subían la loma.

    Hoy es un buen día, sin duda alguna.

    Después del desayuno se me atravesó una montaña de libros –literalmente montaña– de libros. No sé qué me llamó a entrar en esa piecita a mirar los libros que ya antes había mirado y encontré un libro que Eduardo Peláez me había regalado hace 11 años, en una visita que le hicimos Fede Ortegón y yo, cuando éramos novios y aún íbamos a ser unos arquitectos brillantes (bueno, él sí ejerce en España).

    No sé por qué me lo regaló –además del aprecio que sé que en ese momento me tenía, aprecio heredado de mi papá; o que siempre le caí bien, me lo confesó después, o que le parecí bonita– ni tampoco me le había medido nunca a leerlo. Tenía en la cabeza que era El Lobo Estepario, y lo estuve buscando muchísimo hace un tiempo y nunca apareció.

    Después, por esas cosas de la vida distintas personas me recomendaron otro libro de Hesse: El Juego de Abalorios.

    Bueno, resulta que El Lobo Estepario nunca apareció, pues porque era imposible ya que el libro que Eduardo me había dado en 1996 era El Juego de Abalorios.

    Esto me arregló el día, bueno, además de otros libritos: Historia Mundial de las Sociedades Secretas, de Serge Hutin; Historias dos veces contadas, de Nathaniel Hawthorne, La Muerte en Venecia, de Mann (recuperado, también); y un libro que no sé si será bueno o malo, pero que sí me cae de perlas para el próximo capítulo de Perla (que no sé cuándo voy a empezar): Historia del Erotismo, y yo, seguramente por ignorante, no entiendo pero el autor pareciera Lo Duca, pero es Jean-Jacques Pauvert (Histoire de l'erotisme).

    A mí la ciudad no me sienta bien. Yo no soy de ciudad. La ciudad es demasiado bullosa y el día estaba más bonito en Ziruma.


    Tomado de mi Libreta 84

    2 comentarios:

    Camilo Jiménez dijo...

    ¡Cómo es de bueno amanecer un lunes en las afueras! En las afueras de cualquier ciudad, ver así gallinas caminando y mirando torpe por ahí y sentir a ratos el olor de una arepa de maíz haciéndose por allá... o del pan. Lo que toca casi siempre es despertarse un lunes y pensar en... mejor no daño este post tan bonito (el tuyo, no este comentario).
    Y sí, veo que hay un montón de palabras por ahí peliándose por salir. Qué bueno.

    Belladonna Wild dijo...

    yo sé lo que se piensa un lunes.
    Lunes… sería hasta bonito escrito pero el pecado es demasiado grande: ser lunes y no sólo llamarse así.
    Lunes, lunes ya martes… y el martes… ay!