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    martes, octubre 18, 2011

    Al fin bailé (y una nota personal sobre la música)

    Desde hace tiempo, ansiando una fiesta donde pudiera bailar como bailaba a finales del siglo y principios de este milenio…
    Lucas Guingue me preguntó una vez, en una de las Temporadas House en Subliminal (que fueron de las fiestas más deliciosas que me tocaron…
    "Vení, Maria José, ¿vos cómo hacés para bailar sin parar?"… y yo me quedé sin respuesta para esa fiesta y a la siguiente le respondí:
    "Lucas, es la música. Si la música es buena no puedo parar"
    Y así era… y hace tiempo (ya han pasado 10 y más años desde eso) uno se encuentra, eventualmente (tristemente es demasiado eventual y corto) una que otra fiesta o toque que hace feliz al cuerpo y al alma (que se hace la boba, pero le hace tanta falta bailar)…
    Al fin una fiesta, aunque sin público más que algo así como 10 freaks a quienes nos gusta la música realmente.
    Música con la curva armónica, la análoga… ah, qué delicia… y bien mezclada…
    Gracias, Tito, Alejo, Jorge O. (por el orden de aparición).
    ¡al fin bailé! y no fue un pajazo la música ni la duración.
    Cinco horas no es toda la noche, ni la cantidad de tiempo que me gusta oír música mezclada en vivo; pero sí es una cantidad decente de música para bailar.

    ¡Eternamente agradecida, chicos!


    Nota explicativa personal.

    La cosa con la música es la siguiente:

    En 1998 tenía aproximadamente 250 cd's. Toda mi plata, toda, me la gastaba en música. En cada viaje me iba para almacenes de música nuevos y viejos y compraba (esos incluyen las bajadas a Medellín, pues yo vivía en El Retiro)… tenía una coleccioncita muy decente para mi edad. Recuerden que en esa época no existían los quemadores, así que todo era original.

    Llegué a mi casa con mi mamá y mis hermanas después de ver "La Patria Boba" del Águila Descalza y mi hermano nos abrió la puerta con una chaqueta hermosa de cordoroy café que no había visto. Yo estaba de buen ánimo, riéndome del país en que vivimos y le pregunté que para dónde iba tan elegante. Él miró el piso y, con las manos metidas en la chaqueta y la voz de quien no quiere hablar pero le toca, me dijo:

    – Maria, se entraron.

    Entré corriendo a la casa, pensando que se habían llevado mi computador, mi primer portátil, nuevecito, de tres meses, que acabábamos de traer Jorge Ortiz y yo de la USA. Claro, el computador no estaba donde lo había dejado y eso fue un shock increíble y dije, angustiada: "¡NO!"

    Pero eso fue nada comparado con lo que me dio cuando voltié a mirar mi pieza y vi todo más caótico que de costumbre y 5 ó 10 cajas de cds tiradas en el piso y el espacio donde estaba toda mi música vacío.
    Grité como no me imaginé que pudiera hacerlo. Nunca pensé que yo pudiera pegar un grito así de agudo y grave y profundo a la vez. Me recosté contra el escaparate pues se me había ido la fuerza de las piernas y me resbalé en la espalda hasta que caí al piso, llorando, la cara empapada y permanecí ahí un tiempo que no sé cuánto fue.

    Cuando me calmé, fui al baño, me lavé la cara, volví a la pieza, me eché gotas en los ojos y le dije a mi mamá:
    – Mami, voy a salir. Ella ya sabía que iba a hacerlo, pero me respondió:
    – Maria, ¿y vas a salir así?
    – ¿Y cómo qué me voy a quedar haciendo aquí, mami?
    Me despedí y salí hacia Berlín, el bar, donde había quedado de encontrarme con mis amigos.

    En esa época no había celulares (mi abuelita tenía un beeper y ninguno de nosotros sabía bien cómo se llamaba… y ahí la razón)… pero esos aparatos eran para médicos y personas ilocalizables… y una panela enorme costaba más de un millón de pesos, sin contar lo que costaba una llamada, así que llegué a Berlín sin que nadie supiera de la tragedia que me había sucedido.

    … to be continued…

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